Ever for Ever



Está escondido detrás de su auto, apoyado junto a la llanta que había cambiado hace unos minutos, listo para atacar. Su cuerpo está lleno de laceraciones y mordeduras, y aun así está tranquilo. A este punto ignora las razones del pánico: quizá sea porque la muerte se acerca frenética, con gemidos, pasos torpes y el reflejo de su rostro en los ojos que ya la conocen. Quizá sea porque siente cómo su conciencia se va retirando de su cuerpo, y no importa cuán fuerte apriete su hacha contra el pecho de la muerte, ella está lista para saltar; o quizá sea porque, a sabiendas de que este será su final, no habría de ser el último Ever.

Del primero no se sabía mucho, más que había sucumbido frente a una pequeña horda que lo encontró desprevenido. De ahí fueron llegando Ever Segundo y el Tercero, que murieron de manera similar. Ever Sexto fue uno de los primeros que destacaron, ya que con su ímpetu marcó la convicción y perseverancia que caracterizarían a los siguientes Evers. El Sexto era un explorador y de él se había formado una casta de Evers aguerridos que abrirían paso a sus compañeros entre los gemidos de los muertos. Él había perecido en la antigua estación, que entre sus compañeros ya era una leyenda. Solo la vieja cocinera conocía bien la historia y se la contaba a cada nuevo Ever. Y aunque este sabía la historia —porque estaba en sus memorias—, siempre le inspiraba una cierta mística.

Luego, después de varios Evers, llegaría Ever Decimosegundo, con el cual se dejaría de recordar a sus viejas versiones como a reyes antiguos, y se pensaría más en ellos por su rol, su contribución. Este Ever marcaría la casta de los leñadores. De esta saldrían los grandes Evers que habían ayudado a construir el viejo refugio y muchos de los cuales aún rondaban en los bosques oscuros, caminando como no muertos. Los exploradores —donde siempre había un Ever, el Ever actual— sabían de estos seres y su peligro. La impulsividad que caracterizaba a todos los Evers muertos —que se habían lanzado a salvar a sus compañeros entregando la vida, o habían ido a explorar y tenido un final desventurado— también estaba presente en su estado de no muerto.

Es más, llegó a ser de conocimiento general que estos tendían a juntarse entre ellos, formando sus propias hordas, destruyendo todo a su paso y extendiéndose de manera frenética. Incluso se sospechaba que las hordas de Evers consumían a otros no muertos que no fueran Evers, quizá por un antiguo instinto de supervivencia aún latente en la no muerte, o una memoria de convicción, o quizá algún capricho de un dios Ever, del que tanto Evers vivos como muertos desconocían.

Todos sabían que toparse con un grupo de cinco Evers era un final asegurado, y ni qué decir de un grupo de cuarenta. Y eso era justamente lo que el Ever vivo habría de enfrentar. Él tenía lista el hacha en sus manos, la apretaba con fuerza. La tranquilidad lo abrazaba. Quizá era por la paz que lo inundaba al saber que sus compañeros no Evers se salvarían y vivirían un día más. Él se sacrificaría para distraer a la gran horda de Evers que se acercaba a su escondite. Quizá era la sensación de que este momento se había repetido incontables veces antes, y que él era uno más en ese bucle eterno; o quizá era la inevitable certeza de que su cuerpo Ever se reuniría con los otros y antiguos Evers, y que cumpliría con ellos, para ellos y por la eternidad.

 
Di López Koehnke

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