La distancia justa
Magda, 57 años, alrededor del metro cincuenta, cabello castaño oscuro. No usa zapatos con taco, blusas a rayas verticales en su mayoría, pendientes pequeños, dorados, por lo general, el pelo recogido. Siempre me la encuentro en el tren de las 7:07, mayormente en el último vagón. No sé en qué parada sube, pero siempre viene de pie. Mi primera vez en ese tranvía no la noté, no tenía las capacidades necesarias para detectar a personas de sus capacidades, para mí habría parecido una señora más; pero con los días la descubriría.
Yo estaba esperando entre los ingresos, apoyado contra el espaldar de uno de los últimos asientos. Al darse movimiento en la zona del pasillo detrás mío, Magda apareció. Se escurrió rápidamente y se situó en la baranda en medio del pasillo, donde tenía la vista perfecta para detectar a cualquier pasajero que se levante o haga algún ademán de bajar en la siguiente parada. Era bastante lógico, y recuerdo haberme sentido un poco tonto. Mi estrategia de girarme los últimos minutos para mirar quién bajaría y zamparle su lugar, era inútil contra el posicionamiento de Magda. Ella siempre acababa sentada.
Pasaron los días y fui observando y aprendiendo de las sutilezas de esta persona. El posicionamiento era fundamental, pero no era lo único. Cada estrategia variaba según el tren estuviera más lleno o más vacío; según se acomodara más gente en los pasillos o los ingresos; según fueran estudiantes, trabajadores, simples transeúntes o una parvada de turistas quienes ocupasen las diferentes posiciones en los vagones. Magda lo tenía todo controlado: el ángulo de sus pies para asegurar el primer paso; una mano en una barra vertical si quería que alguien más la acompañe, ya que no representaba una amenaza, o toda la espalda en el asidero si quería reducir el área donde podría sujetarse más competencia; nunca llevaba audífonos, cada palabra era clave, además de los movimientos y expresiones. Yo, por mi parte, fui aprendiendo con la observación, y fue sorprendente cómo fue subiendo mi tasa de éxito a la hora de conseguir asientos.
Al principio Magda me ignoraba, o simplemente no se daba cuenta de mi presencia, pero fue hasta un día en que le gané un asiento que me comenzó a observar. Ella estaba en la mejor posición; nos había tocado uno de los trenes más viejos, esos donde las conexiones entre vagones son puertas que te llevan al exterior. Ella se situaba al fondo, contra una de estas puertas de conexión; no necesitaba moverse para tener la visión de todos los asientos frente a ella. Por mi parte, mi estrategia se había centrado en no mirar a las personas, sino a Magda. Si jugaba a su ritmo en ese momento, perdería, pero al menos podía utilizar sus ojos como una herramienta a mi favor. Me le quedé mirando, esperando sentir la desaceleración del tren. Observándola, había descubierto que esos pequeños lapsos eran cruciales; allí se escondían pequeños ademanes, bolsos al hombro, desdoblamientos de abrigos, miradas a los pasillos o puertas, entre otras cosas. Yo solo quería ver alguna expresión de Magda, y fue un apretón de labios el pitazo de salida. No lo pensé, solo confié. Me fui a apoyar al asiento al que apuntaban sus ojos, como marcando territorio, y un destello de rabia en la mirada de la mujer me indicaba que había ganado. Acabé sentado, por supuesto.
Desde ese día comencé a sentir más cautela por parte de Magda. Ocultaba sus movimientos y la veía más atenta alrededor. Incluso creí sentir su mirada a momentos. Su agudeza y precisión habían aumentado considerablemente, como si me dijera “aún no tienes lo que hace falta”, y era verdad. No había podido ganarle un solo asiento desde entonces. Pero al menos, ella sabía de mi existencia.
Si ella jugaba a la cautela, pues yo también lo haría. Pasé semanas y meses escondiéndome entre la gente, entre los tramos que compartía con Magda. La estudiaba con detenimiento, hasta que se sentaba; y me iba a practicar a otros vagones para que no me viera, antes de llegar a mi parada. Tuvieron que pasar varias semanas aún antes de que volviera a enfrentarla. Era un viernes y no hubo nada extravagante en la situación. Magda en el asidero de la derecha, al fondo del pasillo, y yo en el de la izquierda, al otro extremo; como en espejo. Alguien se acomodó la mochila al hombro, lo miré, Magda lo miró, luego crucé miradas con ella, mi rival, y entonces dejé de pensar en ella. Apenas la persona se levantó, me puse en movimiento. Magda se atrasó unos milisegundos por lanzarme una mirada comprobatoria, y me senté primero. Su mirada entonces no fue de rabia. Había una certeza que me indicaba que había aceptado el reto.
Desde entonces es que nos tenemos en la mira cada madrugada. De momento ella me va ganando. Llevo registro de todas nuestras contiendas desde ese día. Hoy es la victoria 242 para ella, contra unas 239 para mí. Escribo esto desde mi asiento, sabiendo que no pude sumar otro triunfo en mi lista. Pero mañana será otro día, y estamos en martes: aún queda tiempo para alcanzarla al final de la semana.


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