Mesías

Tenía la carta en la mano, era lo último que le faltaba para dar sus primeros pasos. Salió por la puerta de su dormitorio y dos hombres serios empezaron a seguirle. Cuando bajó por las escaleras con dirección a la puerta principal del edificio, se habían sumado otras cuantas personas que preguntaban si ya era hora. No les respondió; en cambio, traspasó la puerta del edificio y, a la primera pisada, mucha gente se dio cuenta de quién se trataba. Algunos lo siguieron en silencio, otros soltaron palabras dulces que fueron atendidas con respuestas dulces de protocolo. La gente se abría a su paso y la mayoría se iba formando tras su espalda. Cuando llegó a la esquina de la calle, frente a él pasó volando una granada humeante, seguida de unos perros sedientos de sangre. Ni se inmutó, esperó a que lo sobrepasen para continuar su caminar. Atravesó la calle y escuchó gritos a sus espaldas, pensó en los cantos angelicales que lo guiaban a su destino. Sentía el aire en su rostro e imaginaba fuegos artificiales que vitoreaban su triunfo. Algo le salpicó la cara, pero él mantuvo su caminar sin hacer caso a los hombres con cascos y cara de odio que arrojaban material volátil. Él seguía caminando, acercándose. Cuando llegó a ellos, estaban hincados con la vista sobre el suelo, inertes. No le dio tiempo de revisar aquellas reverencias, asumió aquella reacción ante su presencia divina. Siguió caminando y los gritos a sus espaldas hacían vibrar los edificios y las calles antiguas. Ignoraba el halo de fervor que dejaba en su avance y los halos antiguos que habían teñido las calles. Ahora subía en su última recta. Había quienes se postraban, había quienes, al verlo, corrían en sentido contrario. Él entendía el poder de aquel santo grial que portaba en la mano; aquellos que lo veían sólo tenían dos opciones, quienes lo acompañaban ya habían optado por una. Siguió subiendo y, en lo que se acercaba, el verde se teñía de rojo; él no, él era inmune a los zumbidos de las calles, a las explosiones de gloria que pronto serían festejos. Su paso era decidido como ningún otro y al llegar a las puertas de la gran edificación que le tocaba traspasar, el gran palacio, detuvo la marcha. Levantó la cabeza y gritó dos palabras. Estas fueron suficientes para que el mundo vibrara y las puertas se abrieran. Ingresó a un gran salón decorado con miles de personas de rostros apagados, fríos; quizá ignoraban la magnificencia de aquel lugar o quizá no tenían la vida de los cuadros que los miraban, de su historia. El hombre y la carta siguieron su camino saltando cuerpos. Había sonidos intensos por doquier y el aire destilaba cambio por los pasillos y las escaleras, un cambio que se acercaba lentamente a su destino, un cambio que había sido prometido a muchas generaciones antes y que ahora había llegado. Ahora el hombre se encontraba parado frente a la última puerta, sus manos tranquilas y las miles de voces que llevaba en su espalda ahora ya no estaban, sólo quedaban los dos hombres serios de un inicio.


Traspasó la puerta, solo. Había un hombre sentado en un escritorio oscuro; taciturno, triste y con odio. Al verlo, veía sus mismos ojos y sus mismos gestos; distinguía el sabor de la resignación. Se acercó lentamente al escritorio, se acercó en silencio mientras se miraban. Dejó la carta en la mesa y el otro la tomó. La leyó por un momento, y después de una larga espera volvió a mirarlo. Al recibir la mirada, sintió que su piel se secaba, que sus manos le dolían y sintió también un escozor intenso que le recorría todo el cuerpo. Sentía cómo se enfriaba, cómo perdía peso y su rostro se hundía hasta perfilar sus huesos. El hombre parado se hacía polvo y sonreía, sonreía con ganas. Al final, sólo quedó un montón de polvo en el suelo. El otro hombre se levantó, ya no era el que había estado sentado todo ese tiempo. A su mente venían los recuerdos de lugares distantes, recuerdos de personas y promesas, recuerdos de una carta que había escrito, recuerdos de ver a un hombre en un escritorio y entregarle aquella carta. El hombre que había estado sentado era ahora el hombre que se había hecho polvo, era su resurrección. Él ya no era el tirano que planeaba derrocar, él no podría serlo, aunque ahora llevara su rostro, ya no había gente de la cual drenarse. Todo se pudría en las calles.


Di López Koehnke


Este cuento fue publicado por primera vez en el libro de cuentos "Malescritos II", 2022.

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